Fiat Lux




Entradra Nº25   •   23 de enero de 2015 Entrada traducida por Verónica Errasti-Díez.
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Llegué a Monterrey casi ciego. Esto es lo que pasó.

Quería irme de General Bravo a las 8 de la mañana para dirigirme a Monterrey. Se me hizo un poco tarde, pues muchas personas querían hablar conmigo. Finalmente pude partir después de las 10 de la mañana. Era mi primer día de calor sofocante. Me hubiera gustado salir temprano; evitar las horas de bo-chorno y, sobre todo, llegar a Monterrey antes del anochecer. En el camino sudé mucho, pero yo racioné mi agua (por la que hay que pagar aquí). El cielo estaba despejado y hermoso. Llegó la tarde y yo iba hacia el oeste, con el sol en la cara. Durante dos o tres horas tuve el sol de frente. Había, por supuesto, comprado gafas de sol. Nunca había usado este tipo de gafas antes. Me dije que, si podía soportar la luz visible, mis ojos no tenían por qué sufrir. Además, mis gafas de sol, al igual que mis lentillas, tenían protección contra los rayos UVA y UVB. Aún así me esforcé, tal vez en vano, por mirar siempre hacia los lados y nunca directamente al sol.

Además del sol, el camino presentaba otra dificultad: una tierra árida que llenaba el aire de polvo. Por ende, imposible ignorar las emisiones de humo de los automóviles y los de la industria química y petroquímica de la región. Uno puede imaginar que el dióxido de azufre liberado, SO2, mezclado con mi sudor (esencialmente agua, H2O) pude formar H2SO4: ácido sulfúrico. En re-sumen, mi piel contenía en ese día una mezcla abrasiva de sal, polvo y sustancias industriales.

Llegué a Monterrey de noche. A sólo 10 km de la casa de mi anfitriona, el segundo pinchazo del día. Tengo suerte en mi malasuerte, había un Pemex (todas las gasolineras son unos Pemex en México) muy cerca. La zona estaba suficientemente bien iluminada como para hacer la reparación necesaria. Una vez terminada la faena, inflé el neumático con la bomba del garaje. Y entonces, oí un psssssss... No valía la pena arreglarlo todo otra vez. Mejor esperar el dia siguiente, una vez descansado, para arreglarlo. (De hecho, tardé dos días en encontrar el problema: una pieza de la armadura metálica del neumático sobresalía.) Los empleados de Pemex y los clientes trataron de ayudarme con mucho afán, tal vez demasiado. Pero es que en ese momento yo sólo quería coger un taxi: se me hacía tarde y me habría costado sólo unos cinco dólares. Pero los empleados de la gasolinera insistieron en ayudarme a arreglar mi tercer pinchazo del día. No fui capaz de explicarles que no serviría de nada, que se rompería de nuevo. Fue en este momento que mis ojos empezaron a doler. Sólo quería llegar a casa lo más rápido posible.

10 minutos es lo que la reparación duró, no más. Seguida de otro psssssss. Traté de encontrar un taxi, pero todos a mi alrededor insistían en que mi bici no iba a caber en el auto. (Más tarde, en Pemex, verifiqué con un taxista que los empleados sabían a la perfección que la bici cabía en el coche, pero todos los presentes (salvo yo) pensaban que mi neumático podría arreglarse fácilmente...) Así que me vi obligado a caminar (hubiese sido mejor si hubiese hecho como pensaba desde el principio y hubiese cogido un taxi cuando tuve la oportunidad, pero qué quieren, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones). Las horas transcurrían y mis ojos se irritaban más y más. El calor, lejos de disminuir, aumentaba. Sentía el sudor que goteaba a mis ojos como una lluvia de fuego. No podía limpiarme con mi ropa, demasiado sucia. Necesite más de dos horas para hacer un poco menos de 10km. La primera mitad del camino las luces más brillantes me cegaban. En la segunda mitad, la oscuridad no me dejaba ver. Abría los ojos cada 3 o 4 pasos, tan sólo un instante, para cerciorarme de que todo estaba bien a mi alrededor y para evitar meterme en un callejón peligroso.

Una vez en la cssa de mi anfitriona, tuve que subir cinco pisos con todo mi equipaje. Ya dentro del apartamento, lo primero que hice fue quitarme las lentil-las y darme una merecida ducha. Me sentí mucho mejor, pero para entonces mis ojos estaban rojos (como la sangre de un trabajador), muy hinchados y me dolían. A la mañana siguiente, fui al hospital y visité a un oftalmólogo. Después de varios días de tratamiento a base de gotas de varios tipos (antibióticos, an-tiinflamatorios, lubricantes, etc.), empecé a recuperarme (ved la foto superior).